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Carta abierta a un amigo sobre la filosofia

Bruno Álvarez

Traducción Julian Mellado

He pensado, querido amigo, hacerte esta carta por dos motivos: primero, porque sé que no sabes bien de qué va esto de la filosofía; y segundo, porque sé que muchas personas no entienden para qué sirve esta apasionante actividad. De manera que he usado de pretexto nuestra entrañable amistad para aquellos que no logran comprender por qué es necesario filosofar para vivir mejor.

Antes que nada, quiero decirte que no tengas “miedo” ante esto de la filosofía, pues a menudo se la relaciona  con cuestiones complicadas reservadas sólo para  eruditos y profesionales. Es verdad: a veces es ardua, pues hay problemas complejos que requieren soluciones complejas. Pero la filosofía no es una actividad que llevan a cabo mentes brillantes (yo estoy muy lejos de eso), sino que, por el contrario, todos somos filósofos de alguna manera. Cuando nos preguntamos sobre el sentido de nuestra vida, sobre la existencia de Dios, sobre si somos libres o  estamos determinamos por factores que no dependen de nosotros, sobre si está bien o mal hacer tal o cual cosa, etc., estamos filosofando –aunque no significa que igual de bien-  con el mismo derecho que  Aristóteles, Kant o Simone de Beauvoir.  Es más: cuando a veces tú te empecinas tratándome  de explicar por qué no te interesa la filosofía, ¡ya estás filosofando! También quiero decirte que algunas personas sumamente inteligentes no le han agarrado el “chiste” a la filosofía; por citarte un ejemplo, hace unos años leí “El gran diseño” de Stephen Hawking, donde, presuntuosamente, le declara la muerte a la filosofía. Ahora bien, nadie duda de su extraordinaria erudición, pero en cuestiones filosóficas deja un poquito que desear, pues, evidentemente, no le ha agarrado el chiste a la cuestión.

No quiero darte ninguna definición de manual de qué es la filosofía ni nada por el estilo (no pretendo aburrirte más de lo que ya, seguramente, debes estar). Empezaré diciendo que la gente abocada a las faenas filosóficas, generalmente, suelen comenzar a filosofar por alguna circunstancia dolorosa que les tocó pasar; a veces la muerte de un ser querido, el fracaso de un matrimonio o de una carrera profesional impacta tanto en la vida de una persona, que termina produciendo en ella una crisis abrumadora, al tiempo que todas sus seguridades donde solía apoyarse se ven truncadas y desbaratadas. Creo que ahí es donde uno dice: “bueno, he tocado fondo y necesito saber qué hacer en momentos así”. Allí aparece en escena la filosofía, despertando el pensamiento que había permanecido aletargado durante tanto tiempo. ¡Felices los que no necesitan la filosofía para ser felices! Algunos no tenemos esa prerrogativa… ¿Qué pasa después? Bueno, las preguntas prácticamente se imponen solas. Tomando el ejemplo de la persona a la que falleció su ser querido, podría plantearse: ¿Dónde está ahora mi amigo? ¿Seguirá existiendo en algún otro tipo de realidad? ¿Lo volveré a ver algún día? Ahora veamos a la pareja que terminó su matrimonio; el marido podría interrogarse: ¿Volveré a amar alguna vez así a otra mujer? ¿Cómo dice mi mujer que me ama si mantenía una aventura amorosa con otro hombre? ¿Es eso posible? Y, ¡zaz!, ya están filosofando (aunque ellos no lo sepan).

Pero ahora, Kevin, permitirme que haga una pequeña diferencia entre la filosofía y la ciencia (lo diré lo más sencillo posible, así que no te asustes ni te aburras, si es eso posible). En un momento la filosofía constituía todo el cuerpo del saber: de ella se desprendían las demás ciencias; pero en nuestro tiempo ésta fue la que desprendió- te diría que hasta con desdén- de la filosofía y las dos abarcan problemáticas muy diferentes. Para decirlo sencilla y lacónicamente: la filosofía es una reflexión sobre las preguntas sin respuestas aparentes, es decir, que no tienen una solución definitiva. Nadie filosofa sobre si es la Tierra la que gira alrededor del Sol o este último en torno a la primera, puesto que, para fortuna de los hombres, ya lo sabemos. En cambio, uno puede filosofar sobre qué pasa cuando nos morimos, si la vida tiene o no tiene un sentido inherente, sobre si podemos acceder a conocimientos fiables  de la realidad en las que nos encontramos inmersos, entre otras cosas, porque no tenemos una respuesta concluyente para esas cuestiones. Por eso Montaigne, que fue un extraordinario filósofo francés –aunque él no se consideraba como tal-, decía que la filosofía era una opinión sofisticada, lo cual quiere decir compleja, desarrollada, pensada, y vale más, por supuesto, que una opinión vulgar; de todos modos, ello no nos exime de estar equivocados por más argumentos que dispongamos para defender nuestra visión del mundo. Para hacértelo más fácil: tú sabes que yo soy ateo, y que tal decisión fue resultado de años de indagación y lectura sobre el tema; ahora bien, quizá una persona que cree en Dios sólo porque nació en una familia religiosa o fue a un colegio católico, y tenga una creencia asumida, no racionalizada, esté en lo correcto en el caso que Dios existiese y yo desacertado a pesar de los libros leídos y una vida dedicada a la filosofía. ¡Te das cuenta que a veces podemos filosofar demasiado y aun así estar equivocados!

También quisiera hacer otra desavenencia entre el escepticismo, propio de la filosofía que todo cuestiona y pregunta, y la aberración de eso que llaman “posmodernismo” y que va ganando terreno de a poco entre nuestros intelectuales.  El escepticismo o incredulidad se da en las personas que aman demasiado la verdad, y por eso no se sienten cómodas con la certidumbres; no es que no crean en la verdad, sino todo lo contrario: saben que la única forma de acceder a  ella es repensando lo pensado, indagando lo indagado, no dando nada por sentado por más absurdo que puede parecer (antes se daba por hecho que los hombres éramos una creación de un Dios omnipotente, hasta que llegó Darwin con su famosa  teoría de la evolución mediante la selección natural y dilapidó todas los sistemas de creencia mantenidos hasta esa época). En cambio los posmodernos no creen en nada: ni en la verdad, ni en el progreso social y moral, ni en los valores, ni en la ciencia –a la cual consideran un sistema de creencias con la misma autenticidad que la astrología-, y llevan como emblema una absurda frase póstuma de Nietzsche, que dice que no existen hechos ,sólo interpretaciones. De manera  que alguien que viola y mata a otra persona no sería un asesino y  un violador abominable en sí, sino que es sólo una opinión válida entre otras. Creo que si bien es cierto que no podemos estar completamente seguro de todo lo que sabemos, que no tenemos un acercamiento absoluto al absoluto, y que nuestros conocimientos son aproximativos y parciales, estoy convencido que nuestras ciencias nos permite comprender gran parte de lo real, lo suficiente para poder discernir entre el saber y la ignorancia. Si la verdad no existiese y todo se juzgara desde el punto de vista cada uno, los maestros no serían docentes (ya no habría nada que aprender ni enseñar) sino sólo moderadores, y los alumnos tomarían el rol de interlocutores, cuyas  opiniones merecerían ser respetadas del mismo modo que las del profesor.

Pero la filosofía, a pesar de que no nos garantiza llegar a una verdad definitiva, también nos ayuda a ser más lúcidos y, por tanto, a vivir mejor. Por eso siempre me han gustado los filósofos de la Antigüedad, pues ellos utilizaban la filosofía para vivir de la mejor manera posible, como una terapia destinada a curar la angustia, para ser más felices en una existencia que no nos resulta nada fácil a los mortales (ya el hecho de ser mortales nos pone una situación complicada y desesperante). Por ejemplo Epicuro, gran pensador griego, destinaba su filosofía a la “ataraxia”, es decir, a la tranquilidad del alma o  salud mental, como más te guste. El fin de la filosofía era, en esos hermosos tiempos, alcanzar un estado de sosiego con uno mismo, y la sabiduría  estaba más vinculada con la imperturbabilidad del alma que con los conocimientos alcanzados mediante la razón. Ahora las cosas han cambiado bastante (aunque sigue habiendo gratas excepciones); los académicos empezaron a estar menos interesados en la vida y buscaron deliberadamente hacer más complejo su pensamiento, al punto que para entenderlos uno tiene que pasarse años estudiando y leyendo una y otra vez esos mamotretos ininteligibles, que a veces ni ellos mismos saben qué carajo quieren decir, pero que resultan atractivos a los estúpidos que les atrae lo que no entienden. Yo, querido amigo, cuando voy a emplear mi preciado tiempo en leer a un filósofo, me hago esta pregunta: ¿Qué tiene él o ella para decirme  con respecto a disfrutar al máximo la única vida que tengo? ¿Cuánta paz me aportará su pensamiento para afrontar los sinsabores de la existencia? Para resumir este párrafo: la filosofía sólo tiene validez en la medida que se encuentra al servicio de la vida, al servicio de vivir más y mejor.

Quiero aclararte amigo, que mi visión de esta hermosa actividad (fíjate que siempre he puesto actividad y nunca disciplina) no sería compartida por muchos académicos ni por algunos de los grandes filósofos de nuestra historia; pero las divergencias son inevitables, teniendo en cuenta que hay tantas filosofías como filósofos.

¿Sabes qué pienso, Kevin? Que la vida es tan difícil que la filosofía resulta necesaria e imprescindible, sobre todo para aquellas personas –en las cuales me integro- que son más proclives a la melancolía. André Comte-Sponville, filósofo que conoces- pues me has visto varios libros de él sobre mi mesa de luz- dice que uno convierte en filósofo porque se descubre más dotada para el pensamiento que para la vida; y cuando esto sucede –continúa el filósofo-, lo más lógico es uno ponga su capacidad para pensar al servicio de su dificultad para vivir.

Ya llegando casi al final de esta misiva, creo estar obviando algo sumamente importante, que lo he mencionado así como a las apuradas, sin detenerme en ello, y es el tema de la lucidez. Creo que una de las cosas que más aporta la filosofía, además de la felicidad, es la lucidez. ¿Qué quiero decir con esto? Que con la lente de la filosofía vemos las cosas de otra manera que como la veíamos antes; a mí, por ejemplo, me cambió mi forma de ver el amor y la amistad, la vida y la muerte, en pocas palabras,  me cambió totalmente mi visión del mundo. Pero ojo: a veces la lucidez conlleva también el riesgo de llenarnos de angustia (la verdad puede ser triste, decían Renan), y en esto casi todos los filósofos estarían de acuerdo; sin embargo, una tristeza asumida lúcidamente vale más que una serenidad ilusoria. Volviendo al tema de mi ateísmo, yo no soy ateo porque me haga más feliz: te diré que creer que en una vida más allá de la muerte, donde la justicia y las víctimas tendrán la última palabra, donde seré amado eternamente por Dios y, además, podré estar en presencia de nuestro amigo Maxi ya fallecido,  al cual tanto extraño, y de todos mis seres queridos, me resulta mucho más confortable que creer lo contrario. Pero si algo enseña la filosofía es que uno no debe mantener una idea porque lo llene de felicidad, sino porque la considera verdadera. ¿Y cómo podría yo no ser ateo cuando realmente creo que es la visión del mundo más plausible? ¿Cómo podría estar en contra de mis creencias? Sería deshonesto intelectualmente, y estaría escupiendo sobre la cara de una actividad a la que tanto amo como lo es la filosofía. La lucidez es el único medio por el que llegamos a ser sabios. La filosofía es el camino; la sabiduría, la meta. ¿Y qué es para mí la sabiduría? Amar la vida tal y como es: sublime y atroz, dichosa y desgraciada. No te olvides nunca de eso, querido amigo, si no quieres vivir de falsas ilusiones…

Kevin, si ya has leído hasta aquí a pesar de todo el aburrimiento que te han producido, seguramente, mis elucubraciones filosóficas, es porque debes quererme demasiado, y la verdad es que  valoro todo el esfuerzo que has hecho. Pero no te entusiasmes sobremanera: permíteme unas últimas palabras antes de que suspires de alegría al terminar esta carta.

Sé muy bien, Kevin, que hay personas que pueden ser completamente felices sin la filosofía, como también se puede hacer filosofía sin ser feliz. Sólo espero que comprendas los motivos por los cuales esporádicamentes tienes que bancarte mis disertaciones filosóficas.

También espero que mis modestas palabras hayan podido hacerte ver las cosas de otra manera o, al menos, que entiendas un poco qué pasa por la cabeza de este amigo tuyo un tanto estrambótico, al cual, creo yo, consideras un hermano.

Kevin, espero que la filosofía pueda algún día brindarte las herramientas necesarias para afrontar la dureza de la vida y el misterio de la muerte. Y por último, no olvides de que hay que aceptar la verdad siempre, y mucho peor si ésta duele. Sí, querido amigo: eso es filosofía.

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À propos Gilles

a été pasteur à Amsterdam et en Région parisienne. Il s’est toujours intéressé à la présence de l’Évangile aux marges de l’Église. Il anime depuis 17 ans le site Internet Protestants dans la ville.

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